Madre, ¿me parezco en algo a ti? – Oración primer sábado de mayo

Madre,

Cuando te miramos, a veces nuestra mirada nos engaña. Te vemos distinta, lejana. A veces te imaginamos como un ser extraño, “especial”. Con dones tan maravillosos que te hacen más parecida a Dios que a nosotros, pobres hombres. Tu Inmaculada Concepción a veces nos “chirría”, y tu Asunción… ni te cuento. ¡Qué poco te conocemos y entendemos!

Esto no es así.  Tú, Virgen María, Madre nuestra, aunque se te concedió la gracia de ocupar un lugar preeminente en la creación,  no tuviste una condición diferente, en absoluto, a la de nosotros los cristianos. Al contrario. La gracia obró en ti, como puede obrar en cualquier hombre. Has seguido los mismos caminos y experimentado estados del alma muy parecidos a los de todo cristiano. Has desarrollado las mismas virtudes fundamentales. También tuviste que escalar la pendiente de la santidad por la fe, la esperanza y el amor; por el sufrimiento y por la alegría. Tu vida está muy unida a la nuestra.

Tú eres nuestra esperanza. Al mirarte vemos lo que Dios puede llegar a hacer en nosotros si le dejamos.

Es verdad que te distingues en la misión única y grandiosa que el Señor puso en tus manos, y como consecuencia de ella, la limpieza de alma y la grandeza de amor que te correspondía. Pero esto no te separa de nosotros, muy al contrario, te hace más cercana todavía.

Nuestra Madre Iglesia suele llamarte la “Aurora de una nueva era”. El día de tu nacimiento se inauguró una nueva era en la historia de la humanidad… Con la pureza de tu Corazón Inmaculado comenzaba de nuevo la historia humana. Comenzaba la Redención. Eras la “nueva Creación”. Dios había esperado tanto este momento… Y ya ha empezado. En el día de tu nacimiento Dios se emociona.  Te mira y ve el comienzo del triunfo del amor y del bien. Ve la salvación, el perdón de los pecados. Eres el anuncio de una victoria conseguida después de tantas derrotas, y de una liberación de tanta esclavitud. Comenzaba le era en la que Dios, por fin, iba hacer su oficio de Buen Pastor y se ocuparía de todas y cada una de sus ovejas, especialmente de las enfermas y heridas. Dios te mira, y se complace en ti, se llena de alegría. El mundo se llena de esperanza.

Madre, que yo te tenga siempre en mi vida. Tú eres el anuncio de mi salvación, de mi santidad. Tú me hablas con tu vida de que Dios quiere salvarme a mí también, santificarme a mí también, perdonarme a mí también. Madre de la Esperanza, que al mirarte siempre se reavive en mí la fe y la esperanza en mi salvación.

El ángel te llamó “llena de Gracia”. Esto es lo que nos da la pista para conocer más a fondo tu Inmaculada Concepción. Cuando oímos eso de la Inmaculada Concepción, nos imaginamos una escultura de porcelana “intocable”, insensible, un tanto cursi, demasiado perfecta. He tardado mucho en comprender que yo también puedo ser en cierto modo, como tú, “Inmaculada”. Ya nos dice S. Pablo que “Dios nos eligió en Cristo para ser santos e inmaculados ante él por el amor”. No creo que se lo esté inventando, ¿no?

Es verdad que, desde tu concepción, Dios te había concedido de modo especial Su gracia. Pero esa plenitud de Gracia no anula en nada tu libertad. Solo fue posible en ti porque tú la hiciste tuya. Cuántas veces Dios también me da a mí Su gracia, y no la hago mía. No somos conscientes de todas las veces que Dios ha querido colmarnos con su Gracia, y nosotros no la hemos hecho propiedad nuestra, la hemos desperdiciado… Madre, ¿qué puedo hacer para hacer mía la gracia de Dios siempre que se me dé? ¿Cómo lo hiciste tú? Si yo le dejara a Dios que invadiera mi alma con su Gracia, me parecería más a ti. Sería casi “Inmaculado”.

Algunos, que no te conocen ni te aman, dicen esto (a lo mejor te duele, pero prefiero hablarlo contigo que callármelo. Y como tú eres buena, sé que los perdonarás…): que tú nunca fuiste libre, y que así cualquiera es santo. Que lo tuviste muy fácil, y que eras más una esclava que alguien que gozara de libertad. A veces no sé muy bien qué decir a esto…

Últimamente, hablando contigo, he descubierto lo que es la libertad. Esa capacidad que Dios nos ha dado para determinarnos en el Bien. Se es más libre cuanto mayor conocimiento de la Verdad tenemos, y cuanto más libre esté nuestra alma de las pasiones desordenadas, ilusiones e inclinaciones al mal. La gracia de Dios en el alma concede, precisamente, una inmensa libertad: nos hace más lúcida la Verdad, y nos libera de las pasiones desordenadas, de las ilusiones engañosas, de las inclinaciones al mal, haciéndonos dueños de nosotros mismos, dándonos la posibilidad de entregarnos totalmente y libremente al Sumo Bien. Tú has sido siempre la criatura más libre de Dios, porque te has dejado poseer por la gracia. Ayúdame a no poner límite a la Gracia de Dios en mí. Que no me deje engañar por el demonio, que tantas veces quiere hacerme creer que cuanto más me deje en tus manos, más pierdo la libertad. Ayúdame a poner los medios para no ser obstáculo a la gracia de Dios en mí, a sus planes, a su voluntad. Dame la fortaleza que necesito para decir siempre “sí” a la Gracia cuando llame a la puerta de mi alma, y seré tan libre como tú…

Tu Inmaculada Concepción y tu plenitud de Gracia tienen algo más que enseñarme: la plenitud de gracia es, ante todo, plenitud de amor. Amor sin límites. El “no pecar” es consecuencia de aquel amor que era dueño de tu corazón. Tú le permitiste reinar en tu corazón, y el ángel te anunció que Su Reino de amor, ya no tendría fin en ti… No fue fácil para ti este camino, como a veces tampoco lo es para mí. Te costó grandes sufrimientos, mucha fe y numerosas lágrimas. Y, a pesar de todo, qué feliz fuiste amando sin límites. Madre, enséñame a amar así, ilimitadamente. Aunque duela. Que no me eche atrás ante las exigencias de un amor verdadero, grande, puro, fiel, generoso y fuerte. Que a ti te ame como Jesús te ama, y que a tu hijo le ame con tu mismo amor.

Madre, puedo y quiero parecerme en algo a ti… No eres tan distinta a mí. Tú fuiste libre, le dejaste a Dios hacer de ti la “llena de Gracia”, tú necesitaste de la fe y esperanza, tú experimentaste el dolor, tú elegiste el camino del amor. Hazme como tú.