Este año misioneros ha cumplido con un reto enorme, no solo contábamos con la misión sino que también nos hemos atrevido con el camino de Santiago.
Podemos afirmar, sin que nos tiemble la voz, que ha sido una de las experiencias más gratificantes de nuestras vidas. Me explico.

Primero, hicimos una semana de misión, de martes a martes. Un plan de vida normal para una misionera. Unos días por la mañana, juegos y catequesis con los niños del pueblo. Santi, Adrián, Simón y tantos otros nos ayudaban a comprender la sencillez y bondad de los niños que nos hemos propuesto mantener porque, ¿qué somos sin ello?. Otros días, hacíamos visitas a las casas de las señoras, rezábamos con ellas el rosario mientras nos enseñaban sus huertos orgullosas. Tuvimos la suerte también de acompañar a Don José, sacerdote y alma del pueblo, durante toda la mañana a llevar la comunión a todos aquellos ancianos que no podían acercarse a la Iglesia. Una experiencia que nos marcó a todas las que allí estábamos, al ver tal ejemplo de fe y de una fortaleza inmensa. Otra parte muy importante de nuestra misión siempre son los jóvenes. Esta vez nuestra actividad de por las tardes, se convirtió en el mayor reto. Hablamos y hablamos, vimos juntos «Te puede pasar a ti», compartimos palabras de vida… Poco a poco entrábamos en confianza, cada uno decía lo que pensaba, era un debate rico en argumentos, más por nuestro lado, pero rico al fin y al cabo. Es bonito ver como a través de nosotras, Dios, sembró las ganas de crear un grupo allí, una minicongre gallega, y rezamos todos los días porque surja de verdad.
Herminda y Josefa han sido nuestras mejores modelos. Siempre atentas, dispuestas, sonrientes. Han cuidado de nosotras dándonos los mejores manjares gallegos y cuando digo manjares no solo me refiero a comida, que también, sino a cariño, atención, cuidado y generosidad.
Como en cada misión tuvimos días especiales. La Fiesta del Catecismo con la petanca y la empanada, los ritmos gallegos y, sobretodo, con un rezo en la capilla al llegar precioso. Y descanso en la Lanzada, espectacular playa, cangrejitos, boley y espectaculares vistas para nuestra diaria reunión de formación.

El día terminaba con unas buenas duchas mientras que las jefas, que ya habían pasado por el agua por la mañana, tenían su reunión de formación. Creo que las noches durante la misión han sido inolvidables, las veladas han marcado la historia de misioneros con cosas tan tontas como un concurso de baile o un pasapalabra. Pero sobretodo, los las velas, qué gusto poder descansar todas las experiencias del día en Dios, Él y cada una de nosotras cara a cara.
Sin darnos cuenta ya estábamos con un pie en el Camino de Santiago. Durante el camino hemos desglosado tópicos como «el camino no es solo por fuera sino también por dentro» entendiéndolo y asumiéndolo como una realidad auténtica, respetando los momentos de silencio. Dimos sentido a caminar, para que no fuese una excursión sino una peregrinación.
Aprendimos la importancia del silencio, la paz que transmite saber que estar en silencio es suficiente para contemplar sus regalos pero también profundizar bien en uno mismo.

Aprendimos la importancia de ir en grupo y de contar con un guía, pues solo así consigues llegar a la meta. Disfrutamos de una llegada todas juntas, ¿qué mejor que llegar a la meta con tus compañeras de camino? Nos sentimos más queridas que nunca, nos dimos cuenta de que Jesús recorrió el camino primero y que volvía una vez más a recorrerlo con cada una de nosotras, ¿Quién mejor para ser nuestra guía que Aquel quien recorrió primero el camino?

Como guía, debe ir delante. Durante este camino hemos reflexionado a cerca de esas cosas que tendemos a poner por delante de Dios en el camino de nuestras vidas, cuántas veces nos ponemos delante, intentamos marcar nosotras el camino. Con humildad, intentar cambiarlas y dejar que sea Él quien marque el camino.
La llegada a Santiago fue un ensayo de llegada al cielo. Alegría, ilusión, meta, cansancio por el esfuerzo, ganas.. Miles de sentimientos contrapuestos pero con un sentido mayor, cruzaban nuestras mentes y corazones. Habíamos llegado.

Tras la celebración de la misa peregrina y la comida en el seminario, comenzó nuestro camino de vuelta a Meis. La mejor de las velas y la imposición de brazaletes. Sin duda, fue uno de esos ratitos de oración que te marcan para siempre. Las nuevas incorporaciones con su brazalete blanco y las que asumían un compromiso mayor con su brazalete azul.
Misioneros crece, y cada vez se hace más fuerte siendo capaz de llevar a Dios a más rincones y siempre siempre sorprende, pues es Él quien siempre está detrás.
