Las Familias peregrinan a Lourdes (Julio 2016)

Jueves 14 de julio, 9:00 hs, vamos llegando con cara de sueño, frio y felicidad al cole para comenzar la peregrinación. La verdad es que no esperábamos este fresquito en julio, ¡hasta la Madre Cristina hizo préstamo de ropa de abrigo! Era mi primera peregrinación a un Santuario Mariano y primer viaje EN FAMILIA con LA CONGRE, mayores, adolescentes, y pequeños nos poníamos en marcha para pasar cuatro días de la mano de nuestra Madre llenos de ilusión.

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Primera parada, Zaragoza, misa y presentación de los peques ante la virgen. Después de comer, un pic-nic compartido (¡Qué exagerados, llevamos comida para un regimiento!), volvimos a las “rodadas”. Finalmente, después de atravesar los Pirineos (Villanúa… las pequeñas de montañeros lo recordarán) llegamos a Lourdes acompañados de ese color verde característico de la ladera francesa.

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Lourdes nos esperaba con los brazos abiertos, las luces de neón encendidas y unos buenos regalos para los niños (ya habían caído las medidas del Pilar y las “acreditaciones” para ir sellándolas). Realmente no comienzas a vivir lo que te ofrece este Santuario Mariano hasta que pones un pie en el recinto, fuera de todo vendedor, ruido y luz, y comienzas a respirar aires de oración y silencio mezclados con la alegría del cristiano. ¡Cómo nos íbamos a ir a dormir sin antes dar gracias a Nuestra Madre por el día que nos había regalado y todos los que nos quedaban!

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Nuestro primer día en Lourdes comenzaba pronto. A las 7 Ofrecimiento de Obras y desayuno, después salida hacia la Virgen Coronada donde nos esperaría Martín, nuestro seminarista, que nos acompañó y guió en el Vía Crucis. Y sufrió… nada más y nada menos que un mareo con sabor a infarto. Luego tuvimos Misa en la Capilla de San José y a comer. Terminada la comida fuimos todos juntos a hacer la ruta “Tras las huellas de Santa Bernardita”. En esta ocasión nos acompañó Vicente, otro seminarista y nos unimos con más españoles. Empezamos en la Basílica subterránea y seguimos por el museo de la Santa. Allí aprendimos algo más de su vida como su infancia, su pobreza, las casas en las que vivió o las apariciones de la Virgen. De ahí pasamos a visitar el Molino y luego el Calabozo. La visita continuó, pero nosotros nos fuimos porque sino no llegabamos a la procesión del Santísimo que acabaría en la Basílica subterránea, ¡la emoción me salía a borbotones!, acompañar al Señor en procesión con los enfermos… agranda el corazón. Justo después nos fuimos al hotel a recargar fuerzas con la cena porque el día aún no había acabado, los niños aguantando como unos jabatos, aunque después de cenar se fueron a descansar. Al resto nos quedaba la procesión de antorchas en la que nos colocamos los primeros, gracias a la Madre Cristina. ¡Qué bonito! Terminado el Rosario de antorchas fuimos a la Gruta donde los que quisimos nos quedamos un rato con el Señor, pues había Exposición del Santísimo, y por supuesto con Nuestra Madre la Virgen. ¡Qué bien se está de noche bajo el manto de Nuestra Madre cuando ya no hay apenas ruido de los peregrinos que van a pedirle su protección! Y allí sentado, de rodillas o de pie pasan los minutos mientras tú te dejas envolver por su abrazo maternal. Allí, mirándola, ya no hay preocupaciones ni penas pues en ese momento todo lo lleva Ella.

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El segundo día también amaneció pronto, pero nos dejaron unos minutos más de sueño de regalo. El día volvía a ser intenso y tocaban las piscinas. Atajando por la fila de los niños entramos, más de uno con la incertidumbre de lo que debíamos hacer. El calor se fue en ese mismo instante en que tus deditos del pie tocaban el agua. Fuera bromas, fue algo inesperado e indescriptible. Después los que quisimos nos pusimos a la cola de las confesiones, pues como irte de Lourdes sin experimentar un poco de esa misericordia con la que nos mira Nuestra Madre y nos abraza su Hijo. Y después ya a comer y a descansar un rato. Unos aprovecharon para dormir, otros para jugar al mus y otros para irse a tomar un café con guitarreo y ¡OLÉ! Después del descanso nos tocaba visitar la Basílica, acompañados por Víctor, un sacerdote muy simpático “que consiguió dominar a Tatín”, vamos que Tatín acabo diciendo que “de mayor quiere ser sacerdote y Papa”. Y luego Misa con todos los peregrinos que venían de la Diócesis de Madrid con rumbo a la JMJ de Cracovia. Eso sí, cerca no es que estuviesen, así que tuvimos que esperarles un buen rato. Mientras esperábamos, Víctor nos llevó a una azotea desde donde se veía todo Lourdes. Y ya empezaban a llegar nuestros peregrinos españoles. Entramos en la capilla de Santa Bernadette donde sería la Misa mientras nos íbamos encontrando conocidos… En fin, que nada comparado con ver a 1.700 madrileños cantando al unísono y rezando a los pies de la Virgen de la Almudena. Al finalizar, mientras los hombres se iban a por algo de cenar, pues habíamos perdido el turno de cena en el hotel, algunos nos quedamos en el Rosario de antorchas, mirando con orgullo todas las banderas españolas que habían traído los jóvenes. Y seguíamos encontrándonos con más conocidos… Terminado el Rosario nos fuimos al hotel a cenar. ¡Pero aún no había terminado el día para algunos! Como despedida no podía faltar el volver a la Gruta para estar unos minutos u horas con la Virgen. Como antes de la Exposición del Santísimo había una Misa en francés y nadie de nosotros es bilingüe en este idioma, aprovechamos para pasear por el recinto, tomar un café “sensa pana” o escuchar una charla sobre la misericordia al otro lado del río.

El domingo ya era nuestra despedida de Lourdes para poner rumbo a Loyola. Comenzó con la Misa internacional en la Basílica subterránea, más de 12 obispos y cientos de sacerdotes y que decir peregrinos. De ahí a los coches ya de vuelta a casa con parada en el País Vasco, no sin antes perdernos un rato por carreteras españolas. Al fin llegamos a Loyola. Comimos y cuando nos disponíamos a entrar ya en el Santuario ¡nos encontramos con el grupo de Venezuela y Puerto Rico que irían a la JMJ con la Congre! Toda una coincidencia. Loyola fue algo muy especial. Se respiraba, además de mucho calor, esa aurora de santidad ignaciana. Nada puede igualar el estar pisando el mismo suelo que pisó San Ignacio, este gran santo al que tenemos “algo” de devoción y mucho cariño. Después de Loyola, ya con café en vena, otra vez a los coches rumbo a Madrid y descansar lo que no descansamos en este viaje.

Doy gracias a todas las familias que me acompañasteis en este mi primer “viaje de familias” a la Madre Cristina por su paciencia y cariño, por todos los días, que a pesar de haber sido 4 me han parecido un mes entero. Gracias a los niños, por aguantar tan bien y enseñarme tanto. No puedo acabar sin dar gracias a la Virgen de Lourdes por habernos dejado disfrutar de estos días inolvidables y de los que tanto he aprendido. Gracias Madre por esta Gran Familia.