Convivencias en Mota del Marqués

“Mamá, ¿por qué no nos podemos quedar a vivir en Mota?”, con esa pregunta comenzamos el viaje de regreso a Madrid el pasado Domingo de Resurrección después de cuatro inolvidables días en la casa de las madres de la Compañía del Salvador en Mota del Marqués. Llevaba tiempo escuchando de boca de una de mis mejores amigas que el mejor plan del mundo para vivir la Semana Santa de verdad era ir a allí, y pensaba que no sería para tanto…ahora puedo asegurar de corazón que quién me lo decía tenía toda la razón. “Venid y veréis” (Jn 1,35)

Todo comenzó el pasado miércoles cuando fuimos llegando todos, antes o después, a la Casa de Mota. Nosotros en concreto bastante tarde…pero allí estaban las madres esperándonos con los brazos abiertos y regalándonos unas sonrisas maravillosas, a pesar de las horas. El jueves nos esperaba un día intenso, así que nos acostamos rápidamente, expectantes de que nos depararía el día siguiente.

Mi gran duda era como nos íbamos a despertar por la mañana, con lo dormilona que soy yo… pero un maravilloso Ave María de Schubert hizo que saltáramos de la cama la familia entera. Después de los Laudes, desayuno y rato de oración, partimos hacia Villalón de Campos. Allí, en el Museo del Queso, los niños pudieron aprender cómo elaborar un queso fresco riquísimo, así como visitar el Centro de Interpretación del Palomar del Abuelo, donde algunos de los mayores del pueblo pudieron transmitir a los más pequeños todo su saber sobre la cría de las palomas. Con mucho apetito llegó la hora de comer, y pudimos disfrutar de un delicioso arroz servido en el Colegio de Villalón. Fue allí donde conocimos a su Párroco, una persona entrañable, recién llegado a su nueva parroquia y deseoso de trasmitir la Palabra del Señor a todo el que se le acercara, deseoso de celebrar una Semana Santa de verdad en su pueblo y deseoso de que nos fuéramos de allí con un recuerdo especial, unas tazas hechas exprofeso para la ocasión. ¡Qué gran persona, ojalá su gran labor dé muchos frutos pronto!

Y llegó la hora de la gran y esperadísima Gymkana. Puedo decir que hasta el momento había sido uno de los “trending topics” del viaje, todos hablaban de ella, pero como nosotros éramos novatos no sabíamos en qué consistiría, hasta que me enteré que yo era una de las encargadas de la organización!! Hago un inciso para decir que Mota es así: no sabes que vas a tener que hacer en el siguiente minuto del día, hasta que, de pronto ¡te ves protagonizándolo! Y siempre sale bien, se nota que el Espíritu Santo vuela muy bajo sobre nuestras cabezas, y por supuesto que las madres y demás organizadores de las convivencias han hecho un trabajo previo de excepción. Los juegos fueron todo un éxito y los equipos participantes, compuestos por los niños, consiguieron descifrar el mensaje de los Apóstoles: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos”. Gran lección para no olvidar.

Agotados y pasadísimo ya de hora, regresamos a Mota para la celebración de los Oficios de la Cena del Señor. La preciosa liturgia presidida por el padre Carlos y participada por niños y padres, hizo que comenzáramos a preparar el corazón para lo que vendría después, una Hora Santa para estar aún más cerca del Señor, y una noche por delante de vela para acompañarle, en esa capilla en la que sientes que estás sólo con Él y que no quieres moverte de la silla porque no puede haber sitio en el mundo donde estés más a gusto…

El Viernes Santo, día de ayuno y abstinencia, todo sacrificio se haría con la mejor de las sonrisas, por lo que, tras Laudes, desayuno y rato de Oración, nos repartimos en grupos para salir al campo a caminar. Los más pequeños a la granja de la maravillosa Luci, para mí un descubrimiento y un tesoro de persona; los no tan pequeños caminata hasta Adalia, cinco larguísimos kilómetros para algunos de los niños, pero superados exitosamente por todos; y los padres de familia con los niños más mayores, excursión por la preciosa ribera del Duero. A la hora de la comida, un delicioso potaje de vigilia y unas torrijas merecedoras de una medalla oro, hicieron que entendiera que la abstinencia no implica no comer……

Posteriormente celebramos en el huerto, el Via Crucis protagonizado por los niños. Precioso. Creo que no recordaba haber vivido nunca un Vía Crucis así y las caras de nuestros hijos lo decían todo. Sin olvidar que cuando se arrodillaban sobre las piedras del camino, recordaban que estaban haciendo un nuevo sacrificio, a sumar a la lista de los hechos durante el día: “Mamá, esto pincha un montón, pero estoy haciendo otro sacrificio”. ¡Campeonato de sacrificios! ¡Qué maravilla!

La celebración de los Oficios de la Pasión del Señor, al igual que los del día antes, fue para todo un lujo. El Padre Carlos volvió a poner nuestro corazón muy cerca del Señor y de su Madre la Virgen María, para entender el enorme acto de generosidad que Él hizo por amor. ¡Que suerte tenemos Dios mío, dar la vida por nosotros…!

Terminado los oficios y después de una cena deliciosa, pudimos disfrutar de la procesión de Mota, en la que ya alguien me dijo que, si ibas pronto, te fichaban como costalero. Yo no tenía claro si eso era bueno o malo….pero más de uno llegó puntual y tuvo la suerte de llevar en su hombro alguno de los pasos. Luego me di cuenta que eso era bueno, y que en realidad era una suerte estar tan cerca de Jesús. Creo que el año que viene yo también llegaré puntual.

El sábado llegó el gran día, ¡el día de la Vigilia Pascual! Después de Laudes, desayuno y el rezo precioso de un Rosario a nuestra Madre. ¡Qué preciosidad de Rosario! Los niños implicadísimos, fueron haciendo sus aportaciones ofreciendo una cruz que habían hecho el día anterior en reparación por el daño que le habían hecho a Jesús. Al final del Rosario, las Congregantes, al pie de la cruz, junto a la Virgen, renovaron su consagración acompañando a la Virgen y ofreciéndole, una vez más, sus vidas.

Salimos después hacia Renedo de Esgueva. También era el día de otro de los “trending topics”: El Valle de los Seis Sentidos. No habíamos dejado de oír hablar de ese parque desde que llegamos a Mota y al fin lo conocimos. Tobogán, puente, barca, más tobogán, más barca, más tobogán, más tobogán y más tobogán. Delicioso bocata, y más tobogán.

Ya de vuelta a Mota, tuvimos la enorme suerte de tener un rato para preparar la liturgia de la celebración de la Vigilia Pascual. Desde pequeña, he vivido muchas Vigilias Pascuales, y recuerdo el emocionante sonido de campanas y el cántico del Aleluya, pero puedo decir que la Vigilia de este año ha sido la primera en la que he comprendido y vivido en profundidad de verdad cada uno de sus momentos, una suerte. Y suerte también la que tuvimos muchas de nosotras al ser elegidas para cantar los Salmos……. de manera “voluntaria” ¡eso sí! La celebración de la Vigilia Pascual, a la que nos acompañaron algunos vecinos de Mota, fue una celebración preciosísima, de alegría por la Resurrección del Señor y así lo festejamos, ¡con chocolate, canciones y algún que otro baile hasta la madrugada! Como decía alguno de los niños: ¡¡un fiestón!!

El Domingo de Pascua, tras Laudes, desayuno y hacer equipaje, asistimos a la Santa Misa oficiada por el Padre Carlos, el cual se despidió ya de nosotros. Todo un lujo haber contado con su presencia, para mí ha sido un placer conocerle y escucharle. No supe hasta entonces que era el Capellán del Mater.

¡Terminamos la mañana con una genial búsqueda de huevos de Pascua! A pesar de algunas quejas iniciales de los niños más mayores porque a los pequeños se les daba ventaja de unos minutos para que comenzaran a buscar huevos, tengo que decir que la generosidad de los mayores terminó inundando el jardín: no sólo ayudaban a los pequeños a buscar, sino que además les cedían generosamente sus premios, para finalmente quedarse sin nada. ¡Otro gran ejemplo para llevarnos a casa!

El lunes ya de vuelta en Madrid, le pregunte a mi hijo Juan que había aprendido en Mota, y su respuesta fue: “Mamá, he aprendido a ser bueno”. Y efectivamente así ha sido, además de volver con la alegría inmensa por la Resurrección de Jesús, tengo que decir que hemos vuelto todos con la enorme lección que nos han dado las Madres y el resto de familias, padres e hijos de la Congregación Mariana, de generosidad, cariño, alegría, paciencia y entrega a los demás. Una lección que nos llevamos en el corazón y que intentaremos ejercitarla mucho para que termine convirtiéndose en hábito. Estas primeras Convivencias en Mota han sido un auténtico regalo y ¡ya estamos deseando que lleguen las del año que viene!

 

Rocío González Hernández-Rubio