Otro año más, los universitarios y profesionales de la Congregación Mariana, emprendimos nuestro tan esperado viaje a Poio dispuestos a pasar cinco días acompañando a Jesús y a María en tierras gallegas. El plan era sencillo, pasar la mañana juntos y por la tarde, ir a hacer misión a tres pueblos para vivir la Semana Santa con sus habitantes y realizar distintas actividades con ellos.
El miércoles salimos en coches desde el colegio y llegamos sobre la hora de comer al Monasterio de Poio. Después de instalarnos y ver el monasterio, la Madre Allende nos habló sobre las misiones y, seguidamente, salimos hacia los pueblos para darnos a conocer e invitar a todos sus habitantes a pasar la Semana Santa con nosotros.
El jueves, quedamos todos en la capilla de la hospedería donde dormíamos, para poner a los pies del Señor nuestro día, y después de desayunar, fuimos a la Ermita de la playa de la Lanzada donde pudimos rezar un rato. Más tarde, con los pantalones remangados y ya en la arena, tuvimos una divertidísima liga deportiva, en la que cada uno lo dio todo para conseguir que su equipo ganara. Al terminar tuvimos la reunión por grupos y mientras estábamos comiendo llegó un reportero del Faro de Vigo que quería sacarnos en el periódico del día siguiente. Tras rezar el Rosario contemplando el mar, salimos hacia los pueblos donde nos esperaba una apasionante tarde de misión. Después cenamos todos juntos y volvimos de nuevo a nuestros pueblos correspondientes a disfrutar de una magnífica Hora Santa adorando el Monumento. Esa noche, solo nosotros, en la capilla de la hospedería, hicimos turnos de vela para acompañar a Jesús.
Llegaron las 9.15h del viernes y estábamos todos de nuevo en la capilla para ofrecerle al Señor nuestra compañía y consuelo en ese viernes santo. Esa mañana la pasamos en San Vicente do Mar donde después de disfrutar de un hermoso paseo pusimos a prueba nuestra agilidad y todos nos lanzamos a una sesión de “escalada» de rocas o camino de obstáculos para llegar lo más cerca posible del mar. Allí pasamos la mañana muy entretenidos, hablando, tocando la guitarra, cantando… Tuvimos la reunión por grupos, rezamos el Rosario y fuimos de nuevo camino de Poio para comer. Tuvimos un rato de oración antes de preparar la misión y los oficios y salir hacia nuestro pueblo para entregarnos al máximo y aprender de esas personas tan sencillas que nos esperaban con gran ilusión. Esa noche vimos la espectacular película de La Pasión que nunca nos cansamos de ver.
Ya era sábado, tocaba excursión y empezábamos a notar las pocas ganas que teníamos de que estas convivencias se acabaran. Fuimos al Monte Castrove, un lugar sencillo de subir y con unas vistas realmente impresionantes, se veían todas las “Rías Baixas”. Además, fuimos muy bien acompañados por algunos niños de los pueblos donde estábamos haciendo misión. Estuvimos un rato disfrutando de las vistas, hicimos la reunión por grupos y una puesta en común. Bajamos un poco para resguardarnos del viento y después de comer, seguimos nuestro camino hacia el Monasterio de Armenteira, donde renovamos las promesas y consagraciones realizadas a la Virgen. Al final de la tarde, fuimos de vuelta a Poio para arreglarnos para la Vigilia. Preparamos los salmos y las canciones que íbamos a cantar y salimos hacia Meis y San Lorenzo donde teníamos una primera Vigilia.
Al acabar salimos todos rapidísimo a la Vigilia que celebraríamos todos juntos en San Vicente. Allí nos prepararon una “merendola” y después otra cena para celebrar la Pascua de Resurrección.
Finalmente, llegó el no tan esperado domingo, pues significaba despedida y vuelta a la rutina. A las 11 habíamos quedado en San Vicente a celebrar la Eucaristía y despedirnos de todos los lugareños y especialmente de D. José que tan generosamente nos había acogido esos días. De ahí emprendimos, con pena pero con mucha alegría y las pilas bien cargadas, nuestro viaje de vuelta a Madrid. Quedamos todos a comer en el camino y después de un largo viaje llegamos al colegio, donde descargamos el material, nos despedimos y nos fuimos a nuestras casas con ganas de contar todo lo que habíamos vivido en estos días que tan generosamente nos había preparado nuestra Madre, María.
Sol Álvarez-Garcillán Padruno
