CAIFÁS

“Los que prendieron a Jesús lo llevaron ante el Sumo Sacerdote Caifás, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro le fue siguiendo de lejos, hasta el palacio del Sumo Sacerdote; y, una vez dentro, se sentó con los criados para ver en qué acababa todo. Los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno andaban buscando un falso testimonio contra Jesús, con ánimo de darle muerte, pero no lo encontraron, a pesar de que se presentaron muchos falsos testigos. Al fin se presentaron dos, que dijeron: «Éste dijo: Yo puedo destruir el Santuario de Dios y reedificarlo en tres días*.» Entonces, se levantó el Sumo Sacerdote y le dijo: «¿No respondes nada? ¿No oyes lo que éstos atestiguan contra ti*?» Pero Jesús callaba. El Sumo Sacerdote le dijo: «Te conjuro por Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios.» Respondió Jesús: «Tú lo has dicho. Pero os digo que a partir de ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y viniendo sobre las nubes del cielo*.» Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestidos y dijo: «¡Ha blasfemado*! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué os parece?» Respondieron ellos: «Es reo de muerte.» Entonces se pusieron a escupirle en la cara y a abofetearle; y otros le golpeaban, mientras decían: «Adivínanos, Cristo. ¿Quién te ha pegado*?»” (Mt 26,57-68)”.

Caifás, Sumo Sacerdote aquel año. Debía ser un experto diplomático pues consiguió mantenerse en la institución del Sumo Sacerdocio durante 19 años, desde el año 18 al 37. Es un hipócrita y un farsante, hombre sin escrúpulos había profetizado la muerte de Jesús «conviene que muera uno solo por todo el pueblo» (Jn 11,47). Preside el Sanedrín, tribunal supremo judío formado por 17 jueces, cabezas de las familias sacerdotales, ancianos de las familias nobles y un cierto número de escribas o doctores de la ley.

COMPOSICIÓN DE LUGAR

Sala grande del palacio de Caifás donde se reúne el Sanedrín. Ver a Jesús en el centro, humilde y silencioso; a los jueces gritándole, los testigos señalándole… presidiendo todo Caifás, revestido de Sumo Sacerdote.

PETICIÓN

¡Mismos sentimientos, hondos, de Cristo Jesús! Humillado hasta extremos insospechados, golpeado, escupido… Todo por mí.

(1) Todo está preparado, porque Jesús está condenado ya a muerte, y hay que evitar que parezca una venganza u otra cosa arbitraria, por eso hay que darle una forma jurídica. Debe aparecer como un proceso legal. ¡Las apariencias! ¿Cómo es mi vida, ante el Señor, pura apariencia? Pero este juicio amañado se vuelve en su contra cuando los testigos se contradicen. Y es entonces, cuando usando de su autoridad religiosa, viendo que no avanzan y porque el Señor calla, dejando que los testimonios vayan contradiciéndose unos a otros, cuando, bajo solemne juramento, exige a Jesucristo qué diga si es el “Cristo, el Hijo de Dios”. El Señor no se puede negar, porque Caifás es la autoridad religiosa y responde: «Tú lo has dicho. Pero os digo que a partir de ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y viniendo sobre las nubes del cielo». El Señor alude al Salmo 110,1 y Daniel 7,13, dos textos mesiánicos que explican que el Mesías es Hijo de Dios.

(2) Caifás, ante esta respuesta afirmativa del Señor tiene dos opciones: rechazarle como blasfemo, pues Dios no puede tener hijos y Jesús se ha declarado Hijo de Dios o bien aceptarlo. Pero aceptar supone creer y esto supone cambiar de vida y Caifás no estaba ni  reparado, ni dispuesto a creer y cambiar de actitud vital, por lo que no acepta esta afirmación. Su reacción es lógica, el Señor se lo ha puesto en bandeja y no queda más que proseguir con la farsa, rasgarse las vestiduras sacerdotales y exclamar: “¡Ha blasfemado, reo es de muerte!” y condenan al Señor a muerte (Mt 26,57). ¿Acepto el señorío de Jesús en mi vida? ¿Estoy dispuesto a decir sí y cambiar?

(3) El dolor terrible de Cristo cuando le tachan de blasfemo. Deberíamos pedir al Señor que nos haga comprender lo que supone para Cristo la negación de su filiación y, sobre todo, el rechazo oficial del judaísmo a Cristo. ¡Cristo rechazado por los suyos!

(4) Hay algo que suele pasar inadvertido y es la malicia de Caifás y del Sanedrín. No sólo le condena a muerte, sino que pretende condenarle religiosamente, política y socialmente, para eso le llevarán al Gobernador. Despojarle de todos sus derechos, que aparezca como un maldito de Dios (“¡Maldito el que cuelga del madero!” Dt 21,21) y de los hombres… ¡Cristo despojado de su honra de hombre religioso, político y ciudadano honesto, de todo! Is 53. “No tenía apariencia humana, como alguien ante quien se vuelve el rostro” y sin embargo “Me amó y se entregó a la muerte por mí” (Ga 2,20). ¡Cuidado! Caifás es realmente deleznable y condenable, pero cuantas veces he podido ser como él.


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