SÁBADO SANTO​

SÁBADO SANTO

«El Sábado Santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su Pasión y Muerte, su descenso a los infiernos y se abstiene absolutamente del sacrificio de la Misa, esperando la Resurrección.

Nosotros podemos, en primer lugar, contemplar con María estos misterios del Señor, acompañarla en su soledad, por un lado, llena de fe y esperanza y, por otro, rota de dolor».

COMPOSICIÓN DE LUGAR

Muy íntima. Acercarse y acompañar a María tras la muerte del Hijo y en el momento de darle sepultura. Caminar con ella. Tomar la mano de la Madre. Contemplar su rostro bajo y sereno donde se asoman las huellas del dolor, mirarla de hito en hito. Su corazón destrozado y a la vez fuerte. La soledad, presencia imponente de María que pasa silenciosa derramando fe. Preguntarle cómo ha vivido la pasión de Jesús y sobre todo “com-padecer” con ella.

PETICIÓN

¡Qué te acompañe Madre en tu soledad! ¡Qué aprenda a vivir mis soledades y dolores como tú, desde la fe!

«Y ya al atardecer, como era el día de la Preparación, es decir la víspera del sábado, vino José de Arimatea miembro respetable del Consejo, que esperaba también el Reino de Dios, y tuvo la valentía de entrar donde Pilato y pedirle el cuerpo de Jesús. Se extrañó Pilato de que ya estuviese muerto y llamando al centurión, le preguntó si efectivamente había muerto. Informado por el centurión concedió el cuerpo a José. Fue también Nicodemo –aquel que anteriormente había ido de noche a verle- con una mezcla de unas cien libras de mirra y áloe. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas, con los aromas conforme a la costumbre judía se sepultar. En el lugar donde había sido crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie todavía había sido depositado. Pusieron allí a Jesús. Luego hicieron rodar una piedra sobre la entrada del sepulcro» (Mt 27,57-60; Mc 15,42; Lc 23,50-54 y Jn 19,31-37).

Primer punto: Estamos en la Cruz junto a María. María sigue al pie de la Cruz, en silencio, con los ojos y el corazón clavados en el Hijo muerto. De su rostro surcado por el dolor, sin embargo, se desprende la serenidad que brota de la fe. EL desprendimiento de nuestra Madre, el despojo de la vida de fe. Lo ha dado todo a Dios, su vida, las cosas materiales, hasta lo más precioso que tenía: su Hijo. Por eso no es extraño que no tenga, siquiera, una sepultura para su hijo. Pero lo ha dado todo a Dios, se ha confiado en Dios desde el principio de su ser sin inquirir, sin preguntar, se ha abandonado en Dios, Él siempre ha sido la clave de su vida y ella ha puesto su esperanza en Dios («Sé bien de quien me he fiado» 2Tim 1,12). Ahora, en este momento, el magnífico regalo del sepulcro nuevo excavado en la roca. Se presentan José de Arimatea, Nicodemo y su gente, con una sábana nueva, aromas y las herramientas necesarias para bajar al Señor de la Cruz. Ver el momento en que con gran respeto le ofrecen el sepulcro y con una gran delicadeza le piden permiso a la Señora para desclavarle… María llena de agradecimiento acepta y da gracias a Dios por su gran generosidad. ¡Qué impresionante contemplar el descendimiento! ¡Con cuanto cariño han desclavado al Señor! ¡Qué contraste con las afrentas y salvajadas que sufrió el Señor!

Segundo punto: Una vez que han bajado al Señor de la Cruz le ponen en el regazo de María. La Piedad. ¿Qué pasaría en ese momento por el corazón y la mente de nuestra Madre? Es un momento indescriptible para contemplar, para dejar que María dé rienda suelta a su corazón… Seguro que en ese momento desfilaría toda la vida de su Hijo. Desde el primer momento en que Ella lo acogió en brazos, allá en Belén; Nazaret, la infancia, el Niño perdido; las bodas de Caná… Y ahora lo tiene en su regazo MUERTO. María tiene el corazón desgarrado. Sin duda, acariciaría con ternura materna la cara ensangrentada de su Hijo, como lo hizo en Belén; besaría sus manos atravesadas por los clavos… Reviviría toda la pasión. Acércate a Ella, escúchala…

Arimatea y Nicodemo se acercan a nuestra Madre y de nuevo le piden permiso, con una inmensa ternura y cariño, para comenzar a embalsamar al Señor, pues se echa encima el tiempo. 

Todo tiene su explicación, Dios lo sabe y lo explicará en su momento. Y María contempla con emoción, dolor y un enorme agradecimiento esta impresionante escena. Cómo lavan y perfuman con mirra y áloe el cuerpo del Señor y lo envuelven, tras colocar el sudario sobre el rostro de Cristo, en esa sábana nueva. E inician ese cortejo fúnebre camino del sepulcro. Cuando llegan depositan el cuerpo del Señor y sellan el magnífico sepulcro nuevo, excavado en la roca, con una losa de 2000 kilos. Y en este mismo instante en que ruedan la piedra es cuando María, rota de dolor, pero llena de la fortaleza que da la fe, frente a la incredulidad de los presentes, recitará con firmeza el primer CREDO de la historia: «Creo que eres el Hijo de Dios y vas a resucitar».

Tercer punto: La fe de nuestra Señora. Cada uno recoge lo que sembró. María sembró una fe total que la llevó a una entrega total de sí a Dios; a un sometimiento pleno a Dios y a un despojo de todo lo que no es Dios. Esto la lleva a un señorío, sobre todo, porque se ha dejado vaciar de sí misma y de todo lo creado por el Espíritu Santo, dándola una libertad (indiferencia) tan grande para poder someterse plenamente y en todo momento y circunstancia (lo ha hecho durante toda su vida) a Dios. Por eso nada le atrae, nada perturba e inquieta su corazón, descansa solo en el Señor.

¡Santa María de la fe! ¡Dame un poco de tu fe!

El Corazón de María, Corazón sólo y exclusivamente para Dios, limpio, fuerte, sencillo, dócil, humilde… transparencia de Dios, resonancia del Señor. Cada vez que ella entraba en su corazón encontraba al Señor por todas partes… El llenaba plenamente su corazón, era el centro de su vida. Y ahora vuelve a su corazón y lo encuentra vacío, no hay esa resonancia divina a la que estaba acostumbrada. Es la hora de la pasión de María, ahora es cuando experimenta el desolador vacío de la ausencia que ha dejado la muerte de su Hijo. Una presencia que lo llenaba todo y ahora siente esa soledad que ha dejado la muerte del Hijo. Terrible soledad de la que vivió sólo para la persona y la obra de Cristo. Solo le queda la FE, es su único apoyo. La esperanza y el amor están como dormidos. Es de noche. Es la noche oscura del espíritu de nuestra Madre (no es de purificación como en nosotros). Y en esa noche solo hay una guía: la fe inquebrantable de María.

A este aspecto terrible de la soledad hay que añadir el dolor que provoca el ver que a su alrededor no hay fe. Ella esperaba el único consuelo posible, el de la fe y los apóstoles no saben consolarla… porque no tienen fe. Cuando perdemos un ser querido, lo que de verdad nos consuela es la fe y la presencia de alguien cercano que hace viva esa fe. Lo que de verdad podía confortar a María es que los apóstoles le dijeran: ¡Madre, Tu Hijo resucitará, …Animo!

María sufre enormemente esa falta de fe. La fe no quita el dolor, lo mitiga, porque da una razón, lo explica y abre el horizonte a la esperanza… Es la soledad dolorosa porque siente como suyo el aparente fracaso de su Hijo con sus apóstoles. Han estado 3 años con Él, han oído repetidas veces que resucitará y no hay fe. Eso de la resurrección, sí, al final de los tiempos y ya veremos. ¡Qué terrible para nuestra Madre el comprobar el “fracaso” de su Hijo con los suyos! ¡Cómo le dolería a nuestra Madre!

POR ESO SUFRE, CALLA, GUARDA SILENCIO, VIVE EN FE, TRATA DE ANIMAR, PERO NO LA HACEN CASO… piensan que se ha vuelto loca de dolor, ¡Pobrecita! Llena de dolor y soledad, pero con la fortaleza de la fe. María se retira a su cámara.

Ahora en el corazón de nuestra Madre hay vacío y dolor, pero hay paz y serenidad. Su cabeza está llena de recuerdos del su Hijo y en su corazón resuenan con más intensidad que nunca las palabras de su Hijo. La fe la sostiene y poco a poco, va prendiendo la luz de la esperanza Tiempo de espera. Saber esperar con María. La fe nos enseña a confiar. La espera es un tiempo de purificación.

Tiempo de fe. ¡Creo Madre, que tu Hijo resucitará!

ACOMPAÑAR A NUESTRA MADRE EN LA FE. Confortarla en su soledad. Consolarla de la única manera posible, apelando a la fe, haciéndola ver que su Hijo no ha fracasado con nosotros, pues esperamos con ella la RESURRECCION.

¡MADRE DE LA SOLEDAD, enséñanos en nuestra vida a vivir como tú los momentos de soledad, fortalece y aumenta nuestra poca fe!


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