Jn 6, 30-35
Por aquel entonces, tomó Jesús la palabra y dijo: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y se las has revelado a gente sencilla. Sí, Padre, pues tal ha sido tu decisión. Mi Padre me ha entregado todo, y nadie conoce al Hijo, sino el Padre; ni al Padre le conoce nadie, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os proporcionaré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.»
COMPOSICIÓN DE LUGAR
Aficionarnos a la figura de Xto. Verle, mirarle enseñando a sus discípulos y se fija en mí, que estoy con ellos. Clava sus ojos en mí y me invita… La imagen del Señor que más me ayude. Mi Cristo, mi amigo entrañable, compañero de momentos alegres y duros. La fuerza está en ese “MI”. El Señor es algo muy personal íntimo, con el que comparto…
PETICIÓN
Conocimiento interno de Cristo que por mí se ha hecho Maestro, para que conociéndole más le ame y le siga.
* INVITACIÓN A LOS FATIGADOS Y SOBRECARGADOS.
¿Por qué invita? Llama poderosamente la atención este interés del Señor en el que, de alguna manera, se descubre, se manifiesta cómo es. La compasión de Cristo manifestada en su corazón. Un corazón al que no le es indiferente nuestro sufrimiento y en particular el mío. Corazón bueno que se inclina hasta mí, que recoge mi dolor, mi sufrimiento, me mira, me acompaña, se conmueve todo su ser conmigo y no pasa de largo ante mí. Le llega nuestro dolor y se com-padece (padece con) y ante el dolor, la ignorancia y el pecado ofrece algo.
Parece que, en primer lugar, esta invitación del Señor tiene un contexto muy concreto, se dirige a todos aquellos judíos (pobres de espíritu de Mt 5,3, según Iglesias) agobiados bajo la carga de la Ley. Personas, según los jefes religiosos de la época, sin prestigio social o religioso, tal vez incultos y desconocedores de la Ley y, por tanto, incapaces de salvarse según los rabinos. Sin embargo es curioso, el Señor sabe perfectamente donde está la verdad, la sencillez y la confianza en Dios. Aquello que no está impregnado con el Espíritu de Dios cansa y agobia porque se apoya sobre arena y no sobre roca. Lo que cansa provoca decaimiento, tristeza (anestesia del espíritu) y desgana en la acción, provocando la rutina. El agobio oprime, mata la ilusión y puede llegar a angustiar.Esta invitación, en segundo lugar, Cristo nos la hace continuamente a nosotros. Aquí y ahora. Nos invita a no quedarnos en lo externo, en lo superficial y vano. A salir de nosotros mismos y a acudir una y otra vez a Él. Él es la eterna novedad, capaz de renovar e ilusionar una y otra vez nuestro corazón; de sosegar nuestras inquietudes y temores; de ahuyentar nuestros miedos y sanar nuestros males
—¿Qué nos cansa y fatiga y nos sobrecarga?
-Nuestro trabajo silencioso y “sin fruto” aparente
-nuestro estudio humilde, cansino y escondido
-el no ser comprendidos
-el no ser valorados-el que no se cuente con nosotros, no se nos haga caso, ni se nos consulte
-nuestro orgullo herido
En el fondo es porque no dejamos de mirarnos a nosotros mismos. Ponemos la fuerza SOLAMENTE en nosotros y caemos. Y en todo estos siempre que tenemos que escuchar la INVITACION DEL MAESTRO: “VENID A MI…Y YO OS ALIVIARÉ. Promete tranquilizar, apaciguar, reposar nuestro corazón. ¿Me lo creo, me fio del Señor?¡SEÑOR QUE EN LOS MOMENTOS DE AGOBIO, FATIGA QUE SEPA A ACUDIR A TI Y MIRARTE Y DEJARME RECONFORTAR POR TI!
** “APRENDED DE MÍ QUE SOY MANSO Y HUMILDE DE CORAZÓN…” “Tomad mi yugo…” Nos recuerda aquellas carretas de bueyes uncidos por un yugo de madera. Los dos tenían que ir a la par, el yugo les obligaba a ir así. El yugo del Señor es la invitación a caminar a la par que el Señor, a vivir como Él. La razón central para aceptar la invitación de entrar en la escuela de Jesús, no es tanto su enseñanza sino la persona del Maestro. En ese trato íntimo con Él descubrimos que no es un maestro, sabio, doctor cualquiera, es Jesucristo, el Hijo de Dios vivo, el Maestro único que tiene palabras llenas de vida y autoridad. Palabras que dan vida y enseñan a vivir la dimensión humana desde Dios, de una manera nueva (Benedicto XVI). Palabras llenas de vida y autoridad pues lo que dice lo hace. Este Maestro nos descubre lo más íntimo y secreto suyo: el corazón (Mc 7,21).
Recordemos que para los hebreos el corazón es el centro de la persona. La sede de lo más propio del hombre: la inteligencia y la voluntad (pensamientos, proyectos, decisiones), el núcleo de la personalidad, de lo más secreto e íntimo de cada uno. Y es Él mismo el que nos describe lo más íntimo de su corazón, el centro de su vida: EL PADRE (nos lo ha referido en el v. 27 “Todo me fue entregado por mi Padre; y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre lo conoce nadie sino el Hijo y aquel a quien el Hijo decida revelarlo”).
La consecuencia de este amor y unión al Padre es ese corazón de Cristo, inundado por el Espíritu Santo, revelación del amor del Padre y formador de corazones “nuevos”, según su corazón. Modelo para todo hombre (GS 22). Curiosamente cuando describe su corazón apela a dos virtudes: la mansedumbre y la humildad.
La mansedumbre, como virtud derivada de la templanza, modera la ira según la recta razón de tal forma que no se levante sino cuando sea necesario y en la medida que lo sea, y es una virtud hermosísima, agradable a Dios (Eclo 1,34-35) y reconfortante en el trato con los demás. Muestra un corazón pacificado y dueño de sí en todo momento que agrada enormemente a los demás suscitando cierta fascinación y atracción llena de confianza y amor. A lo largo de la vida de Cristo descubrimos ese corazón manso con sus Apóstoles (Cómo sufre sus impertinencias, sus ignorancias, su egoísmo, su incomprensión; cómo les defiende y enseña y reprende cuando ha de hacerlo, perdonando fácilmente, ¡Cuánta paciencia!…), con la gente (la dulzura y serenidad con que les habla. La compasión que muestra, abre su corazón de par en par…) y con los pecadores (hasta el extremo, cómo perdona a la Magdalena, Zaqueo. El Buen Pastor y muere en la Cruz perdonando al Buen Ladrón y excusando a todos…).
¿Y conmigo? La experiencia que tengo de su paciencia conmigo, su misericordia, su perdón… Nosotros debemos imitar al Maestro. Contemplar su corazón, pedir y tener una actitud interna de cuidar esta virtud en nuestro trato con Dios y con los demás.
La humildad, es la virtud derivada de la templanza que nos pone en nuestro sitio verdadero, dándonos el conocimiento propio, ante Dios y los hombres. Es, no la mayor de todas las virtudes, pero es la virtud fundamental porque es el cimiento de todo el edificio sobrenatural porque remueve obstáculos negativos. Dios es la Suma Verdad y no puede tolerar que nadie se coloque voluntariamente fuera de ella. Dios resiste a los soberbios y solo quiere dar su gracia a los humildes. Por eso hay un& modelo de humildad: Cristo.
Él es el verdadero humilde porque se identifica con la Verdad. Todo lo ha recibido de Padre, su enseñanza es la del Padre, no busca más que la gloria del Padre, ha recibido del Padre el poder de hacer milagros. El Hijo ama al Padre y Cristo, es uno con el Padre y solo quiere hacer la voluntad del Padre, ese es su único alimento. Se abandona y confía plenamente en el Padre y camina a su luz. El Padre quiere que salve a todos los hombres y para eso debe pasar por la pobreza y la humillación del Siervo (Fp 2,6). ¿Y qué gran humildad con cada uno de nosotros? ¡Qué humildad tan grande la del Señor! ¡Cómo me insinúa las cosas, invita, recomienda! ¿Con qué sencillez y humildad se pone a mi servicio en la Eucaristía! Siempre a mi disposición Sta. Teresa nos lo decía, “si queréis ser humilde contemplad a Cristo en aquellos pasajes en que aparece más humillado, pedidle su fuerza e imitadle”. Por eso también acudimos a la oración de petición: Jesús manso y humilde de corazón, haced nuestro corazón semejante al vuestro.
*** ¿CÓMO APRENDEMOS?
La comunión sobrenatural comienza sustancialmente aquí abajo por la gracia santificante y la infusión de las virtudes teologales que pone todo nuestro ser en contacto directo con dios en sí mismo y en nuestro prójimo. Es la nueva vida en Cristo. Ejercicio de la caridad y de las demás virtudes. Sabiendo que es la caridad la que orienta, dirige y finaliza todo en Dios. Por eso la importancia de nuestra vida de oración y su efecto exterior traducido en el trato delicado y en el servicio lleno de amor al prójimo. Es esta la manera de entrar en ese Corazón y de pedir y suplicar que nos vaya transformando cada día en Cristo. Ejemplo, modelo y fuerza: María. Entremos en su corazón, en lo más íntimo suyo. Sus actos externos nos desvelan cómo es su interior.
La fe de María. Vive pendiente y confiada solamente en Dios. Su esperanza, la lleva a ese abandono en El. La caridad, ama con locura a Dios y vive solo para la persona y la obra de su Hijo. Y esto se traduce en ese amor a prójimo manifestado en los detalles de delicadeza, servicio, atención a los demás (visita a Isabel, bodas de Caná…).
Terminamos hablando con Cristo, de corazón a corazón. Con el AMIGO.
