Meditación sobre Rosarium Virginis Mariae de San Juan Pablo II
COMPOSICIÓN DE LUGAR
Según el texto que vayamos a meditar (Lc 2,7; Lc 2,48; Jn 2; Jn 19,25- 27 y Hch, 1,14). Ver, contemplar a María, su mirada y su corazón están fijos en Jesús.
PETICIÓN
María ¡enséñame a contemplar a Jesús como tú!
* “La contemplación de Cristo tiene en María su modelo insuperable. El rostro del Hijo le pertenece de un modo especial. Ha sido en su vientre donde se ha formado, tomando también de Ella una semejanza humana que evoca una intimidad espiritual ciertamente más grande aún. Nadie se ha dedicado con la asiduidad de María a la contemplación del rostro de Cristo” (Juan Pablo II, Rosarium Virginis Mariae, 10). Recordemos que María vivió solo y exclusivamente para la persona y la obra de su Hijo. No es de extrañar que la fuerza de la Madre se encuentra en la contemplación asidua, silenciosa, llena de amor, del rostro de Jesús. Es el centro de su vida, necesita estar cerca de Él y si no puede físicamente entra en su corazón y le encuentra. No puede vivir sin Jesús. Es tan grande la unión que hay entre ellos que no se puede entender a Jesús sin María, ni a María sin Jesús. Para nosotros es una invitación a aprender a contemplar con ella a Cristo.
** Ya en la Anunciación, cuando lo concibe por obra del Espíritu Santo, surge en María el deseo de verle. Comienza a figurarse como será,… en los meses sucesivos empieza a sentir su presencia y a imaginarse sus rasgos. Por eso es Nuestra señora de la Esperanza. El Adviento para ella era una espera silenciosa en Dios, un aprender a acompasar su corazón con los latidos del Niño que va a nacer… ¡Qué hermosísima María, llena de dulzura y ternura! Cuando por fin lo da a luz en Belén, en ese parto misterioso y virginal, sus ojos se vuelven también tiernamente sobre el rostro del Hijo, cuando lo «envolvió en pañales y le acostó en un pesebre» (Lc 2, 7). Uno se imagina el momento, María envuelve en pañales con delicadeza al Niño y al mismo tiempo clava sus ojos, y, sobre todo, su corazón, en ese Niño. No puede dejar de contemplarle, de deleitarse con Él, de adorarle y de asombrarse,… es la fuente de la vida, es el Salvador, es el Redentor, es Dios hecho niño que extiende sus brazos, buscando el corazón de María. Contemplemos este misterio navideño con María, abramos nuestro corazón para que nazca el Niño.
*** Desde entonces su mirada contemplativa, siempre llena de amor, adoración y asombro, no se apartará jamás de Él. Será a veces una mirada interrogadora, como en el episodio de su extravío en el templo: “Hijo, ¿por qué nos has hecho esto?” (Lc 2, 48), donde nos enseña a preguntar al Señor desde el dolor y la confianza materna y cuando no entiende da vueltas a todo esto en su corazón (Lc 2,51). Es la mujer del silencio, con todo su ser volcado hacia el interior, donde siempre descubre a Dios. Es la divina atenta. Sorprende lo poco que habla la Virgen en el Evangelio, María se fija en todo lo necesario. También podemos decir que su mirada es una mirada penetrante, capaz de leer en lo íntimo de Jesús, hasta percibir sus sentimientos escondidos y presentir sus decisiones, como en Caná (cf.Jn 2, 5). María nos enseña a contemplar en todo momento y circunstancia de la vida al Señor. Ella vivió íntimamente unida a Cristo. Cuando no entendía nada entraba en su corazón y todo lo consultaba con Él. Vivía de su Palabra.
En los momentos de dolor de su Hijo en la Cruz, María no solo le contemplaba, iba más allá y se unía a sus sufrimientos com-padeciendo con los suyos. Y en los momentos de luz y gozo del Resucitado, María miraba a Cristo con una mirada llena de fe, alegría y esperanza, sosteniendo y animando a la Iglesia naciente en Pentecostés. María es modelo de contemplación de Jesús. Acude a ella, siempre te acoge y te espera.
¡Madre, enséñanos en cada momento de nuestra vida a mirar y contemplar a Cristo!.
