JUEVES SANTO

Es una noche de oración, de la mano de María, con Cristo que padece por mí. Noche que nos compromete a vivir desde dentro su soledad..

COMPOSICIÓN DE LUGAR

El cenáculo, viendo a los apóstoles sentados o reclinados en torno al Señor. Un Jesús que desborda amor… es una noche de intimidad con los suyos, en la que va a instituir la Eucaristía. ¡Qué paradoja, la noche de la traición es la noche de la Eucaristía!

PETICIÓN

Ser eucaristías vivas como tú Jesús, ofrecidas y entregadas.

Primer punto: La Cena. Comienza con aquellas ardientes palabras del Señor, llenas de fuego de amor por sus apóstoles y por cada uno de nosotros: «Ardientemente he deseado…» Lc 22,15-16; lo mismo hace con la 1a copa «Tomadla y distribuidla entre vosotros. Pues os digo que no beberé…” Lc 22,17-18. La Consagración aparece transmitida por dos tradiciones distintas, por un lado Mt 26,26-28 y Mc 14,22-24; y por el otro, Lc 22,19-20 y 1 Cor 11,23-25. Así tenemos la fórmula actual, una recopilación de las dos tradiciones. 

La Eucaristía es lo más grande que tenemos, de ella nace la Iglesia y es el centro de la Iglesia y de la vida de la Iglesia; todo se dirige a la Eucaristía que es Cristo y todo nace de ella.

El Señor interpreta el sentido de su muerte: un sacrifico, una entrega. Esto lo anticipa sacramentalmente en la consagración del pan y del vino, “mi cuerpo entregado y mi sangre derramada”. Por eso la Cena pide la Cruz. Y como es una ofrenda de vida y amor al Padre, que llega “hasta el fin”, la Cruz exige la Resurrección como respuesta de amor y aceptación del Padre del sacrificio de su Hijo.

Segundo punto: La Eucaristía es el memorial sacramental de la muerte y resurrección de Cristo, representación real y eficaz del único Sacrificio redentor, fuente y culmen de la vida cristiana y de toda la evangelización. Cada vez que asistimos o se celebra la Santa Misa, asistimos, se nos hace presente la Pasión, muerte y resurrección del Señor. Deteneros en la trascendencia de esto, somos los primeros beneficiarios de la Redención. Dadle vueltas, sobre todo ahora que no podemos asistir presencialmente. En la Eucaristía tenemos todo, pan para el camino, fuerza en la debilidad, compañía en la soledad, vida en la muerte. 

La manera de recibir los frutos de la Redención es comulgando el Cuerpo y la Sangre de Cristo, porque al comulgar nos hacemos uno con Cristo, de tal manera que ya no soy yo, sino Cristo el que vive en mí (Ga 2,20). Pero un Cristo muerto y resucitado, que vive la nueva vida en Dios y me la transmite de un modo especial. Rumiar esto, ver la grandeza de la Eucaristía y la bondad del Señor de hacerme participar de su sacrificio Redentor.

Debemos aprender a unirnos íntimamente a la ofrenda, como lo hizo María, poniendo sobre el altar del sacrificio la vida entera, como un signo claro del amor gratuito y providente de Dios.

Tercer punto: “Haced esto en memoria mía” (Lc 22,19). Es el mandato del Señor de confeccionar la Eucaristía. Es la Institución del Sacerdocio. El sacerdocio es un don de Cristo a su Iglesia. La identidad del sacerdote deriva de la participación específica en el Sacerdocio de Cristo, por lo que el ordenado se transforma, en la Iglesia y para la Iglesia, en imagen real, viva y transparente de Cristo Sacerdote. “Él no sólo confiere el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo, sino también, con amor de hermano, elige a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión. Ellos renuevan en nombre de Cristo el sacrificio de la redención, preparan a tus hijos el banquete pascual, presiden a tu pueblo santo en el amor, lo alimentan con tu palabra y lo fortalecen con los sacramentos. Tus sacerdotes, Señor, al entregar su vida por ti y por la salvación de los hermanos, van configurándose a Cristo, y han de darte así testimonio constante de fidelidad y amor” (Prefacio de la Misa Crismal). Gracias Señor por tus sacerdotes, qué sería de nosotros sin ellos: “¡Oh, qué grande es el sacerdote! Si se diese cuenta, moriría… Dios le obedece: pronuncia dos palabras y Nuestro Señor baja del cielo al oír su voz y se encierra en una pequeña hostia…”. Explicando a sus fieles la importancia de los sacramentos decía: “Si desapareciese el sacramento del Orden, no tendríamos al Señor. ¿Quién lo ha puesto en el sagrario? El sacerdote. ¿Quién ha recibido vuestra alma apenas nacidos? El sacerdote. ¿Quién la nutre para que pueda terminar su peregrinación? El sacerdote. ¿Quién la preparará para comparecer ante Dios, lavándola por última vez en la sangre de Jesucristo? El sacerdote, siempre el sacerdote. Y si esta alma llegase a morir [a causa del pecado], ¿quién la resucitará y le dará el descanso y la paz? También el sacerdote. ¡Después de Dios, el sacerdote lo es todo!… Él mismo sólo lo entenderá en el cielo” (San Juan María Vianney Cura de Ars).

¡María Madre de Cristo Eucaristía y Sacerdote ruega por nosotros!!


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