Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios. Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.
COMPOSICIÓN DE LUGAR
Ver a Jesús y a Nicodemo. Es de noche y Nicodemo está asombrado y pregunta. La pedagogía de Jesús.
PETICIÓN
Estamos pidiendo la paz y la alegría del resucitado. Son frutos del Espíritu Santo, en definitiva pedimos el don del Espíritu Santo que es el gran don del Resucitado.
* “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito”. Vemos un paralelismo con la generosidad de Abrahán que al sacrificar a su hijo único beneficiaría a todas las naciones de la tierra (Gn 22). Estamos ante una frase increíble, que nos muestra el amor de Dios. Pidamos entender y saborear este amor, que no vacila en entregar a su Hijo, en la encarnación y en la muerte, por nosotros. Demos vueltas y preguntémonos aquello del poeta: “¿Qué tengo yo que mi amistad procuras…” (Lope de Vega). O lo del Salmo 8: “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?”. Le entregó para que a su vez el Hijo se entregará al Padre, por nosotros. ¡Hombre, amigo! ¿Te das cuenta lo mucho que vales para Dios, que no vaciló en entregar a su Hijo por ti? Dale vueltas a esto. Pide al Señor que te lo haga ver.
** “Para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. La puerta es el Bautismo donde se nos infunden las virtudes teologales. Y lo más importante de todo, la comunicación de la vida eterna que es la vida de los hijos de Dios, engendrada de lo alto por el Espíritu Santo. Hemos sido llamados a tener vida y una vida abundante, la vida de Dios. Por eso dirá S. León Magno: “Reconoce cristiano tu condición”. ¡Señor qué bueno eres, qué grande es Dios! ¡Qué dignidad la nuestra! Madre, dame la gracia de entender internamente lo mucho que me ama Dios, que no vacila en entregar a su Hijo por mí. Y por si hay duda vuelve a repetir el Señor: “Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios”. El deseo de Dios, misterioso, es de salvación de todos los hombres. Salvación que nos viene a través de Cristo. S presencia en el mundo supone ya un juicio, pues, y lo vemos en nuestra vida, continuamente hay que tomar postura, o con Él o contra Él. Es el terrible juego de la libertad del hombre, que puede decir a Cristo sí o rechazarle. ¡Señor qué siempre esté a tu lado, que sepa recibirte en mi corazón!
*** “Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas”. Los exegetas hablan de la actitud existencial ante Cristo. Es la postura vital que tomamos ante el Señor. El que se decide por el mal de un modo radical, es decir rechazando a Cristo, ese es el que rechaza la luz. Sin embargo, el que obra según la verdad, camina en la luz (¡ojo! Debilidades podemos tener, pero queremos, a pesar de todo, vivir en la luz). Y caminar a la luz de Cristo es vivir según Dios. Señor, luz de mi vida, quiero caminar en pos de Ti. ¡Qué tu luz ilumine mi corazón, toda mi vida! Terminar con el salmo 22:
El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas;
me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan.
Preparas una mesa ante mí
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa.
Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término.
