Una vez más, los montañeros hacíamos frente al sueño y a la oscuridad de la noche y nos poníamos en pie, expectantes ante otro día de Montañeros. Sin embargo, las locuciones “una vez más” u “otro” carecen de verdadero significado para nosotros. Cualquier parecido con la rutina es pura coincidencia. El tedio o la monotonía que podemos experimentar algún día de diario no nos afecta (ni, me aventuro, afectará) los días que hay Montañeros. No importa las veces que asistamos (ojalá hubiesen más actividades), siempre afrontamos la actividad con la ilusión de la primera vez.

A pesar de los cambios de última hora, a las nueve y media estábamos todos subidos en el bus, deseando llegar a nuestro destino, Aranjuez, desde dónde comenzaríamos una de las marchas más largas de nuestra historia: ¡25 km! Comenzamos con nuestros tradicionales ofrecimientos del día y estiramientos, y con fuerzas, nos internamos en la primera etapa hacia el Castillo de Oreja: los Jardines del Real Sitio de Aranjuez. Poco a poco, la vegetación invernal fue dejando paso a paseos flanqueados por árboles, y finalmente, a inmensas llanuras de cultivo y cotos de caza circundantes al camino, cuyo fin coincidía con el horizonte. Y así, con las nubes como techo y roca desnuda como paredes, llegamos a la base de la colina con las ruinas de nuestro destino como corona. Tras una corta, pero difícil debido a lo embarrado del terreno, llegamos a las ruinas, y nos congregamos a la sombra de la torre, la única estructura que aun resiste los embates del tiempo. Tras una reparadora comida, con cuidado de no caer en los agujeros que las ruinas habían dejado, no dudamos en aprovechar la oportunidad que se nos presentaba, y, con extrema precaución, exploramos las ruinas que nos rodeaban, tomando todas las precauciones posibles, y no acercándonos demasiado a las viejas estructuras.

Mientras contemplábamos las ruinas, y observábamos la imponente torre, uno apreciaba de verdad la construcción fuerte y sólida de la que hacía gala, y se maravillaba pensando todo lo que había soportado. Las palabras del Evangelio resonaban si cabe con más fuerza en nuestra cabeza: “…Cayeron las lluvias, crecieron los ríos, y soplaron los vientos y azotaron aquella casa; con todo, la casa no se derrumbó, porque estaba cimentada sobre roca”, (Mateo 7,24).


Sin embargo, y a nuestro pesar, la hora de partir llegó, y tras empacar todo y cuidar que no dejábamos ningún envoltorio o botella por el sitio, emprendimos el camino de vuelta. En el camino de vuelta, aprovechamos para rezar el rosario, como preparación para la Misa que celebraríamos esta vez en la iglesia de Nuestra Señora de las angustias, en la propia ciudad de Aranjuez, donde nos juntamos con nuestras compañeras. Tras un gran día y una mejor aún Misa, subimos a los autobuses, donde comentamos las aventuras vividas entre los amigos, y empezamos la cuenta atrás hasta la próxima actividad del grupo.

